Archivo de la etiqueta: Prosa

Mauro Corona: La casa de los siete puentes (La casa dei sette ponti)

Mauro-Corona

LA CASA DEI SETTE PONTI

    L’uomo intraprendente, instransigente e intelligente cominciò a farsene un cruccio. Abituato a vincere andando al fondo delle cose, e se occorreva comprandole, non poteva rimanere col magone del mistero nella testa. Voleva sapere chi dimorava in quella casa, guardare la faccia o le facce di coloro che accendevano il fuoco. Magari anche aiutarli, donare loro un tetto nuovo. Desiderava esplorarne l’interno, curiosare com’era fatta, vedere le stanze, le stufe – se erano stufe –, o i fornelli, l’arredamento. Soprattutto, voleva scoprire chi viveva tra quei muri, sotto i teli colorati.

    All’ennesimo passaggio accostò e spense il motore. Fissò a lungo la casa dal tetto umile. Neanche stavolta vide qualcuno, solo il fumo che usciva dai camini. Era verso mezzogiorno, a metà di un ottobre dorato. La valle ardeva nell’incendio di boschi arrugginiti. Rondini di foglie multicolori volavano a sciami al soffio leggero del vento. Molte andavano a posarsi laggiù, sull’acqua nervosa di quel torrente solitario che subito le portava lontano, chissà dove. Senza più ali, le rondini di foglie continuavano il viaggio verso l’ignoto, col corpo bagnato e pieno di freddo, pellegrine senza meta, in balìa degli elementi, come la vita degli uomini.

    Aleggiava nell’aria la malinconia dell’autunno. Sospeso nel silenzio dei boschi addormentati, il mistero di quei picchi solitari si nascondeva dietro ogni tronco. Alberi stentati con braccia ossute stavano arrampicati sulla parete ripida, col muso sporto in fuori a sbadigliare sul passo stanco delle auto. Gli autunni portano sempre malinconia, ma in quella valle la malinconia è più forte. Rallenta, attecchisce, s’impiglia nei rami, s’attorciglia ai fusti degli alberi, rimane sospesa per poi calare improvvisa come lo Spirito Santo su coloro che passano di sotto.

    Gli uomini ne percepiscono la presenza. E allora riflettono, pensano alle loro vite, tirano le somme. Il facoltoso industriale della seta fu preso dalla “malinchetudine”, struggente sensazione di malinconia e solitudine. Stava per riaccendere il motore e scappare, andare dagli amici a San Marcello, o a Prato nelle sue fabbriche, o meglio ancora a Firenze, nei salotti di amici danarosi che nulla avevano a che spartire con quelli dal volto cotto dei crinali. Aveva ormai girato la chiave della potente Audi e il motore trapanava il silenzio autunnale della valle, quando all’improvviso l’uomo cambiò idea e lo spense definitivamente.

    Aveva deciso di bussare alla porta della casa col tetto di stracci e scoprire chi c’era là dentro. Scese, controllò di aver parcheggiato a regola per non intralciare il traffico, per quanto scarso, e si avviò verso l’abitazione. Si domandava con che approccio entrare in contatto, quali parole usare a giustificazione di quella assurda intrusione. Intrusione che sapeva di irrispettosa curiosità da parte di un riccone con molti benefici in tempo da perdere. Si vergognò. Ancora una volta ebbe l’impulso di tornare indietro, ma un impulso più forte lo spinse a osare. Stava per scavalcare il guardrail quando si accorse del taglio nella lamiera che lasciava accedere al cospetto di un portone di legno. Un’anta di castagno antico, consumata dal tempo, graffiata dalle intemperie, sconnessa dagli acciacchi, abbronzata di sole e lisciata dalla lingua del vento. Prima di bussare esitò. Dentro regnava il silenzio degli invisibili, dalla casa non proveniva alcun suono, come se fosse disabitata. Eppure c’erano due comignoli fumanti. Un fuoco non s’accende da solo, e nemmeno si alimenta. Ci vuole una mano che metta legna, qualcuno che custodisca la fiamma.

    Bussò tre volte.

    Niente.

    Allora picchiò più forte.

    Niente.

    Oso spingere la porta, che si aprì una spanna. Infilò la testa e gridò: “C’è nessuno?”. Ancora niente. A quel punto sarebbe anche potuto entrare, ma esitava ancora. E se dentro ci fosse stato un pazzo che, alla vista dell’intruso, gli avrebbe aperto la testa con un colpo di scure? Meglio non rischiare. Spinse l’uscio ancora un poco. Stava per ripetere la sua domanda quando sentì avvicinarsi un cigolio di cardini e passi furtivi. Si ritrasse, intimorito. Finalmente poteva vedere l’abitante, o gli abitanti, di quella dimora misteriosa e un po’ inquietante.

casale toscana

 

LA CASA DE LOS SIETE PUENTES

    El diligente, intransigente e inteligente hombre comenzó a darle vueltas. Acostumbrado a ganar llegando hasta el fondo de las cosas y, si hacía falta, comprándolas, no podía quedarse con el pesar de la intriga en la cabeza. Quería saber quién vivía en aquella casa, mirarle a la cara a quien o quienes encendían el fuego. Tal vez incluso ayudarles, darles un nuevo tejado. Deseaba explorar su interior, averiguar cómo estaba hecha, ver las habitaciones, las estufas -si había estufas-, o los hornillos, la decoración. Más que nada quería descubrir quién vivía entre aquellas paredes, bajo las telas de colores.

    Después del enésimo pasaje se acercó con el coche y apagó el motor. Observó atentamente la casa del humilde tejado. Esta vez tampoco vio a nadie, solamente el humo que salía de las chimeneas. Era casi mediodía, a mediados de un fulgurante octubre. El valle ardía en el incendio de carcomidos bosques. Golondrinas de alas multicolores volaban a los enjambres con el soplo liviano del viento. Muchas iban a posarse allá, en la temblorosa agua de aquel solitario torrente que enseguida las llevaba lejos, quién sabe adónde. Ya sin alas, las golondrinas de hojas seguían su viaje hacia lo ignoto, con el cuerpo mojado y repleto de frío, peregrinas sin destino, bajo el poderío de los elementos, al igual que la vida de los hombres.

    En el aire flotaba la melancolía del otoño. Suspendido en el silencio de los bosques adormecidos, el misterio de aquellos pájaros carpinteros se escondía detrás de cada tronco. Desmedrados árboles de brazos huesudos trepaban en la escarpada pared, brotes salientes, bostezando al paso cansado de los coches. El otoño suele provocar melancolía, sin embargo en aquel valle la melancolía era aún más fuerte. Afloja, arraiga, se entreteje en las ramas, se encadena en los tallos de los árboles, queda suspendida para luego descender repentina como el Espíritu Santo sobre los que pasan por debajo.

    Los hombres perciben su presencia. Y entonces es cuando reflexionan sobre sus vidas, sacan conclusiones. El acaudalado industrial de la seda sufrió un ataque de “melancoledad”, atormentada sensación de melancolía y soledad. Estaba a punto de encender el motor y marcharse, irse a ver a los amigos de San Marcello, o dirigirse hacia Prato y sus fábricas, o mejor a Firenze, a los salones de poderosos amigos que no tenían nada que ver con aquellos de rostro rojizo que viven en las cumbres de las montañas. Ya había girado la llave del potente Audi pues el motor taladraba en el silencio otoñal del valle cuando, de repente, el hombre cambió de idea y terminó apagándolo.   

Había decidido llamar a la puerta de la casa del tejado destrozado y así descubrir quién había allí dentro. Bajó, se aseguró de haber aparcado bien para no interrumpir el tráfico, por mínimo que fuese, y se dirigió hacia la vivienda. Se preguntaba cómo podía acercarse, con qué palabras justificar esa absurda intrusión. Intrusión que sabía a irrespetuosa curiosidad por parte de un ricachón con muchos beneficios y tiempo que perder. Le dio vergüenza. Una vez más tuvo la tentación de echarse atrás, pero un ímpetu más fuerte lo empujó a atreverse. Estaba a punto de saltar el guardarrail cuando vio un corte en la chapa a través del cual se veía el portón de madera. Una puerta de castaño antiguo,desgastada por el paso del tiempo, arañada por la intemperie, desconectada de las goteras, tostada por el sol y alisada por la lengua del viento. Antes de llamar dudó. Dentro reinaba el silencio de los invisibles, de la habitación no procedía ningún sonido, como si estuviera deshabitada. Sin embargo las dos chimeneas humeaban. Un fuego no se enciende ni se alimenta solo. Necesita de una mano que le eche leña, alguien que custodie la llama.

    Llamó tres veces.

    Nada.

    Volvió a llamar.

    Nada.

    Se atrevió a empujar la puerta, que se abrió un palmo. Introdujo la cabeza y gritó: ¿Hay alguien ahí? Nada. Ya habría podido entrar mas siguió dudando. ¿Y si en su interior viviese un loco que, viendo al intruso, le abriera la cabeza de un hachazo? Mejor no arriesgarse. Empujó un poco más la puerta. Estaba a punto de repetir su pregunta cuando oyó un chirrido de bisagras y pasos furtivos acercándose. Se retiró, asustado. Por fin podía entrever el habitante, o los habitantes, de aquella morada misteriosa e inquietante.

De La casa dei sette ponti, 2012
Versión de F.C.
Anuncios

Oriana Fallaci: Pasolini en Nueva York (Pasolini a New York), segunda parte

Segunda parte de la entrevista que Oriana Fallaci le hizo al gran Pier Paolo Pasolini. Para ver la primera parte pulsa aquí.

UN MARXISTA EN NUEVA YORK (II)

01-397488_0x420

A las siete tiene una cita con Herbert Blau, director teatral del Lincoln Center, que lo ha invitado a cenar. Es difícil encontrar taxis a esta hora así que vamos andando. Cae una lluvia muy fina, exasperante. Sin embargo él anda sin notarla, tal vez apreciándola, y repite: “ves las casas de Arcibaldo y Petronilla, en el fondo es como volver a ser niños”. Casi se le ha desvanecido de los ojos aquella tristeza llena de miles de amarguras.

«El lado más relevante de esta ciudad es la miseria.»

«¡¿Miseria?! ¿En Nueva York?»

«Sí. El mismo tipo de miseria, o pobreza, que se halla en las ex colonias que se independizaron hace poco. El mismo tipo de pobreza que notas en Calcuta, en Bombay, en Casablanca. ¿Me explico? No una miseria económica, aquella miseria por la que no se tiene qué comer: una miseria, por así decirlo, psicológica. Aquella dispersa suciedad, aquello efímero. Las carreteras mal asfaltadas que cuando llueve se llenan de acequias. Los muros negros o marrones, construidos de prisa para ser demolidos rápidamente. Jamás una esquina lustrada, destinada a durar. También está Park Avenue, en eso estamos de acuerdo, están los impactantes rascacielos de cristal: pero esas son las pirámides. Estar aquí es como encontrarse en Egipto cuando los esclavos construían las pirámides. Sabes, a lo mejor los esclavos en Egipto no vivían tan mal. Tal vez eran alegres, en la desesperación, y por la noche se iban por ahí, bebían… No tiene nada que ver. El lado más importante que queda es esta miseria de ex colonia, de proletariado.»

«¿Proletariado? ¿En Nueva York?»

«Por supuesto. Aparecen en todo el mundo los estigmas del mismo origen proletario: a primera vista no se nota la diferencia de clase. Al igual que en Moscú cuando andas pensando que todos son iguales. Obviamente hay una diferencia y sin embargo no se dan cuenta, no nos damos cuenta. ¿Y sabes por qué? Porque no reside en ellos una consciencia de clase. Para uno que viene de Italia el desconcierto es más profundo que en África, en India. Quiero decir, que entrando en Calcuta, en Karthum, te adentras en el corazón de una raza, de un contexto social: la clase obrera, burguesa, medio-burguesa, y cada una con su consciencia de existir. Entras en Nueva York y, ¿qué encuentras? Un fuego artificial de razas asimiladas y constituidas análogas por el mismo sistema, el mismo fondo: el proletariado. Mira el obrero americano, esta monstruosa e increíble mezcla entre proletariado y pequeña burguesía. No existe el obrero como tal en cuanto en él no existe la consciencia de la clase obrera. Una vorágine. Pero asomándote de cualquier lado, en América, de un alma como de una calle,  un ambiente, te asomas a una vorágine. Al igual que si te asomaras desde un rascacielos. ¿Eso es bueno, es malo? No lo sé, me siento confundido. En Europa me parecería algo negativo, aquí no. Admiro el momento revolucionario americano, aunque está claro que mi corazón va para el pobre negro o el pobre calabrese, y contemporáneamente respeto el Establishment, el sistema americano… Necesito volver, tengo que investigar.»

El restaurante en que quedamos con Herbert Blau es famoso por las langostas a la plancha. ¿Cena?¿Langostas? Pasolini sale como un sonámbulo del laberinto de su caos y pide un vaso de leche, una macedonia de fruta pero sin naranjas. Tiene úlcera, tendría que operarse, se nutre como un bebé. Hablando de teatro, proyectos, Blau lo mira algo sorprendido: este revolucionario que se nutre como un bebé. Se saludan pronto, mutuamente aburridos. Terminada la cena Blau lo ha acompañado dentro del Lincoln Center, para que viese los ensayos de una comedia en disfraz. Pero a Pasolini le dan igual las comedias en disfraz, del aparato electrónico que en pocos segundos mueve las escenas, gira el escenario, levanta la platea: en su mundo no hay sitio para tales maravillas. Al igual que no caben rascacielos de cristal, Park Avenue, un cohete que parte, el trasplante quirúrgico de un corazón que late: la América bella, clara, cómoda que le gusta a quien cree en el Paraíso. Como Rimbaud (o algunos mártires) él siempre quiere volver al Infierno, a los barrios en donde arriesga que te claven un golpe de revólver en el corazón, a encuentros trágicos y quizás perversos, el castigo, al Greenwich Village como se lo describió Elsa Morante, a Harlem come lo vio anoche que fue una estupenda noche. Le presentaron a un sindicalista negro, de extrema izquierda, ya sabes, los que no aceptan el sistema de la no-violencia promulgado por Martin Luther King, y están preparados para matar. El sindicalista lo llevó a casa de un obrero caído de la planta 46 a la 42 en donde quedó colgado milagrosamente a un cable. El obrero era un viejo negro, tumbado en una cama y se reía feliz, feliz, y era tan conmovedor. De repente se despide, impaciente, un rápido apretón de manos, y se va todo solo en la oscuridad.

Hoy se va y tiene muchas cosas por hacer: antes de todo posar para alguien que insistió mucho y que le parece que se llama Avalon. «¿Dick Avedon?» «Sí, algo así.» «¿No conoces a Dick Avedon?» «No, ¿quién es?» «Tal vez el mejor fotógrafo de América, sin duda uno de los mayores del mundo.» «¿De verdad?» Avedon le rogó que fuera a su estudio sobre las once, sin embargo él llegó tarde puesto que en las escaleras había un vagabundo borracho desde el amanecer, y un vagabundo borracho desde el amanecer vale cien fotografías de Avedon.

Pier-Paolo-Pasolini-banner-620x335

Lo escuchaba con maternal paciencia, ternura, antes de dejarlo le dio no sé cuántos dólares, y claro, ahora mira con poco interés la inmensa instantánea que cubre entera una pared del estudio de Avedon: Charlie Chaplin retratado como un demonio, los índices y los meñiques rectos encima de las sienes como cuernos u horcones. «La saqué el último día que estuvo en Estados Unidos», explica Avedon, «un par de horas antes de que saliera el barco para Europa. Vino aquí y…»

De todas formas a Pasolini le llaman la atención otras fotografías: este chico negro, por ejemplo, que murió a manos del Ku Klux Klan. O ese mestizo elegido dos veces al Parlamento que nunca consiguió entrar por estar en contra de la guerra en Vietnam. O Allen Ginsberg que posa desnudo, tapado únicamente por su barba y sus pelos, y que lo induce a otra declaración de amor:

«Los intelectuales americanos, sabes. Tal vez sean contradictorios; encuentras a un estudiante de Morris que ha dado una tesis sobre la poesía de Petrarca, discute de semiótica y después te cruzas con alumnas que ignoran incluso a Apollinaire o Rimbaud. Cuáles son los poetas que usted prefiere, te preguntan. Rimbaud, respondes, Apollinaire, Machado, Kavafis. Te miran ofuscadas. Que no conozcan a Kavafis, vale. En cuanto a Machado ya es grave, Apollinaire es absurdo, pero Rimbaud es hasta escandaloso. Aunque, ¡tienen tanto respeto por la cultura! Un respeto lleno de temor, humildad: es una gran virtud. Imagínate a los italianos: siempre han sido dueños del saber, incluso los ignorantes. Los italianos nunca temen enfrentarse a la cultura. Un hombre como Umberto Eco, por ejemplo. Conoce todo lo conocible y te lo restriega a la cara con una indiferencia: es como si escucharas un robot. Sin embargo, un americano erudito, así como lo es Umberto Eco, es un hombre humilde que nunca se considera dueño de su sabiduría, casi lo asusta su conocimiento. Eso está bien, me gusta…»

Mientras tanto Avedon saca fotos destinadas, supongo, a las lectoras de «Vogue». ¡Vaya escena¡!, al igual que la del Village.

Al Village irá nada más terminar para comprar unos pantalones y unos chalecos que le parecen elegantes y que nunca llevará puestos en Roma: tal como está obsesionado de que lo reconozcan, lo critiquen, lo miren. En seguida viene atraído por una camisa que es la copia exacta de las que se usan en las cárceles. En el bolsillo izquierdo está escrito: «State Prision, prisioner nº 3678». Se la prueba fascinado, cuando en la esquina de la Décima Avenida divisa una manifestación a favor de la guerra en Vietnam.

Hombres y mujeres pasan tristes con grandes carteles en donde está garabateado: «Qué bombardeéis Hanoi»; alguien lleva un distintivo que cita: «Matadlos a todos, aquellos rojos». Y ya llega un coche, del que bajan dos jovencitos y una chica rubia en calzones. Ella lleva una guitarra y se apoya en el maletero del coche, los dos jóvenes se sitúan en los lados, y empieza a tocar algo triste. Luego, juntos, los tres comienzan una canción de protesta. Seguirán hasta cuando los demás desfilen con sus carteles: sin insultos, un gesto de hostilidad. Pasolini se queda quieto observándolos, con su camisa de reo, sus ojos húmedos, tiernos, cuando susurra:

«Esto es lo más bonito que he visto nunca en mi vida. No lo olvidaré mientras viva. Necesito volver, tengo que estar aquí aunque ya no tenga dieciocho años. ¡Cuánto siento marcharme! Me siento saqueado. Me siento al igual que un niño frente a una gran tarta para comer, con muchas capas, y ese niño, que desconoce cuál le va a gustar más, sólo sabe que la quiere, que tiene que comérsela entera. Una a una. Y en el mismo instante en que está a punto de hincar los dientes en ella, se la llevan».

Es la instantánea de un marxista en Nueva York.

De L'Europeo, 1966.
Versión de F.C.

Charles Baudelaire: A una malabaresa (À une Malabaraise)

image

À UNE MALABARAISE

Tes pieds sont aussi fins que tes mains, et ta hanche
est large à faire envie à la plus belle blanche;
à l’artiste pensif ton corps est doux et cher;
tes grands yeux de velours sont plus noirs que ta chair.
Aux pays chauds et bleus où ton Dieu t’a fait naître,
ta tâche est d’allumer la pipe de ton maître,
de pourvoir les flacons d’eaux fraîches et d’odeurs,
de chasser loin du lit les moustiques rôdeurs,
et, dès que le matin fait chanter les platanes,
d’acheter au bazar ananas et bananes.
Tout le jour, où tu veux, tu mènes tes pieds nus,
et fredonnes tout bas de vieux airs inconnus;
et quand descend le soir au manteau d’écarlate,
tu poses doucement ton corps sur une natte,
où tes rêves flottants sont pleins de colibris,
et toujours, comme toi, gracieux et fleuris.
Pourquoi, l’heureuse enfant, veux-tu voir notre France,
ce pays trop peuplé que fauche la souffrance,
et, confiant ta vie aux bras forts des marins,
faire de grands adieux à tes chers tamarins?
Toi, vêtue à moitié de mousselines frêles,
frissonnante là-bas sous la neige et les grêles,
comme tu pleurerais tes loisirs doux et francs
si, le corset brutal emprisonnant tes flancs
il te fallait glaner ton souper dans nos fanges
et vendre le parfum de tes charmes étranges,
oeil pensif, et suivant, dans nos sales brouillards,
des cocotiers absents les fantômes épars!

white-orchid

A UNA MALABARESA

     Tan finos son tus pies como tus manos, tus caderas harían envidiar a la blanca más bella, tu cuerpo es dulce y grato al pensativo artista, tus grandes ojos son de un terciopelo más oscuro que tu piel. En el país azul y cálido, donde tu dios te hizo nacer, tu única tarea es prender la pipa de tu amo, llenar los frascos de agua fresca y de perfume, espantarle del lecho los incómodos mosquitos y, en cuanto la mañana hace cantar los plataneros, comprar en el bazar bananas, piñas. Todos los días, por donde te apetece, caminas con los pies desnudos y tarareas en voz baja antiguas y desconocidas melodías. Cuando la tarde cae con su manto escarlata, posas tu cuerpo dulcemente en una estera, donde tus sueños flotan llenos de colibríes y son, como tú, siempre, graciosos y floridos. ¿Por qué, niña feliz, quieres ver nuestra Francia, país abarrotado que siega el sufrimiento, y, entregando tu vida a los macizos brazos de los marineros, quieres decirle adiós a tus queridos tamarindos? Tú, vestida a medias con muselinas tenues, temblando allí, bajo lluvia y granizo, oh, cómo llorarías tus dulces días sinceros si, aprisionada en un brutal corsé, tuvieras que espigar tu cena en nuestro lodo y vender el perfume de tus raros encantos, mientras tus ojos siguen, reflexivos, en nuestra sucia bruma, los fantasmas dispersos del cocotero ausente.

De Les fleurs du mal (Segunda edición de 1861).
Versión en prosa de J.F.R.