Oriana Fallaci: Pasolini en Nueva York (Pasolini a New York), segunda parte

Segunda parte de la entrevista que Oriana Fallaci le hizo al gran Pier Paolo Pasolini. Para ver la primera parte pulsa aquí.

UN MARXISTA EN NUEVA YORK (II)

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A las siete tiene una cita con Herbert Blau, director teatral del Lincoln Center, que lo ha invitado a cenar. Es difícil encontrar taxis a esta hora así que vamos andando. Cae una lluvia muy fina, exasperante. Sin embargo él anda sin notarla, tal vez apreciándola, y repite: “ves las casas de Arcibaldo y Petronilla, en el fondo es como volver a ser niños”. Casi se le ha desvanecido de los ojos aquella tristeza llena de miles de amarguras.

«El lado más relevante de esta ciudad es la miseria.»

«¡¿Miseria?! ¿En Nueva York?»

«Sí. El mismo tipo de miseria, o pobreza, que se halla en las ex colonias que se independizaron hace poco. El mismo tipo de pobreza que notas en Calcuta, en Bombay, en Casablanca. ¿Me explico? No una miseria económica, aquella miseria por la que no se tiene qué comer: una miseria, por así decirlo, psicológica. Aquella dispersa suciedad, aquello efímero. Las carreteras mal asfaltadas que cuando llueve se llenan de acequias. Los muros negros o marrones, construidos de prisa para ser demolidos rápidamente. Jamás una esquina lustrada, destinada a durar. También está Park Avenue, en eso estamos de acuerdo, están los impactantes rascacielos de cristal: pero esas son las pirámides. Estar aquí es como encontrarse en Egipto cuando los esclavos construían las pirámides. Sabes, a lo mejor los esclavos en Egipto no vivían tan mal. Tal vez eran alegres, en la desesperación, y por la noche se iban por ahí, bebían… No tiene nada que ver. El lado más importante que queda es esta miseria de ex colonia, de proletariado.»

«¿Proletariado? ¿En Nueva York?»

«Por supuesto. Aparecen en todo el mundo los estigmas del mismo origen proletario: a primera vista no se nota la diferencia de clase. Al igual que en Moscú cuando andas pensando que todos son iguales. Obviamente hay una diferencia y sin embargo no se dan cuenta, no nos damos cuenta. ¿Y sabes por qué? Porque no reside en ellos una consciencia de clase. Para uno que viene de Italia el desconcierto es más profundo que en África, en India. Quiero decir, que entrando en Calcuta, en Karthum, te adentras en el corazón de una raza, de un contexto social: la clase obrera, burguesa, medio-burguesa, y cada una con su consciencia de existir. Entras en Nueva York y, ¿qué encuentras? Un fuego artificial de razas asimiladas y constituidas análogas por el mismo sistema, el mismo fondo: el proletariado. Mira el obrero americano, esta monstruosa e increíble mezcla entre proletariado y pequeña burguesía. No existe el obrero como tal en cuanto en él no existe la consciencia de la clase obrera. Una vorágine. Pero asomándote de cualquier lado, en América, de un alma como de una calle,  un ambiente, te asomas a una vorágine. Al igual que si te asomaras desde un rascacielos. ¿Eso es bueno, es malo? No lo sé, me siento confundido. En Europa me parecería algo negativo, aquí no. Admiro el momento revolucionario americano, aunque está claro que mi corazón va para el pobre negro o el pobre calabrese, y contemporáneamente respeto el Establishment, el sistema americano… Necesito volver, tengo que investigar.»

El restaurante en que quedamos con Herbert Blau es famoso por las langostas a la plancha. ¿Cena?¿Langostas? Pasolini sale como un sonámbulo del laberinto de su caos y pide un vaso de leche, una macedonia de fruta pero sin naranjas. Tiene úlcera, tendría que operarse, se nutre como un bebé. Hablando de teatro, proyectos, Blau lo mira algo sorprendido: este revolucionario que se nutre como un bebé. Se saludan pronto, mutuamente aburridos. Terminada la cena Blau lo ha acompañado dentro del Lincoln Center, para que viese los ensayos de una comedia en disfraz. Pero a Pasolini le dan igual las comedias en disfraz, del aparato electrónico que en pocos segundos mueve las escenas, gira el escenario, levanta la platea: en su mundo no hay sitio para tales maravillas. Al igual que no caben rascacielos de cristal, Park Avenue, un cohete que parte, el trasplante quirúrgico de un corazón que late: la América bella, clara, cómoda que le gusta a quien cree en el Paraíso. Como Rimbaud (o algunos mártires) él siempre quiere volver al Infierno, a los barrios en donde arriesga que te claven un golpe de revólver en el corazón, a encuentros trágicos y quizás perversos, el castigo, al Greenwich Village como se lo describió Elsa Morante, a Harlem come lo vio anoche que fue una estupenda noche. Le presentaron a un sindicalista negro, de extrema izquierda, ya sabes, los que no aceptan el sistema de la no-violencia promulgado por Martin Luther King, y están preparados para matar. El sindicalista lo llevó a casa de un obrero caído de la planta 46 a la 42 en donde quedó colgado milagrosamente a un cable. El obrero era un viejo negro, tumbado en una cama y se reía feliz, feliz, y era tan conmovedor. De repente se despide, impaciente, un rápido apretón de manos, y se va todo solo en la oscuridad.

Hoy se va y tiene muchas cosas por hacer: antes de todo posar para alguien que insistió mucho y que le parece que se llama Avalon. «¿Dick Avedon?» «Sí, algo así.» «¿No conoces a Dick Avedon?» «No, ¿quién es?» «Tal vez el mejor fotógrafo de América, sin duda uno de los mayores del mundo.» «¿De verdad?» Avedon le rogó que fuera a su estudio sobre las once, sin embargo él llegó tarde puesto que en las escaleras había un vagabundo borracho desde el amanecer, y un vagabundo borracho desde el amanecer vale cien fotografías de Avedon.

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Lo escuchaba con maternal paciencia, ternura, antes de dejarlo le dio no sé cuántos dólares, y claro, ahora mira con poco interés la inmensa instantánea que cubre entera una pared del estudio de Avedon: Charlie Chaplin retratado como un demonio, los índices y los meñiques rectos encima de las sienes como cuernos u horcones. «La saqué el último día que estuvo en Estados Unidos», explica Avedon, «un par de horas antes de que saliera el barco para Europa. Vino aquí y…»

De todas formas a Pasolini le llaman la atención otras fotografías: este chico negro, por ejemplo, que murió a manos del Ku Klux Klan. O ese mestizo elegido dos veces al Parlamento que nunca consiguió entrar por estar en contra de la guerra en Vietnam. O Allen Ginsberg que posa desnudo, tapado únicamente por su barba y sus pelos, y que lo induce a otra declaración de amor:

«Los intelectuales americanos, sabes. Tal vez sean contradictorios; encuentras a un estudiante de Morris que ha dado una tesis sobre la poesía de Petrarca, discute de semiótica y después te cruzas con alumnas que ignoran incluso a Apollinaire o Rimbaud. Cuáles son los poetas que usted prefiere, te preguntan. Rimbaud, respondes, Apollinaire, Machado, Kavafis. Te miran ofuscadas. Que no conozcan a Kavafis, vale. En cuanto a Machado ya es grave, Apollinaire es absurdo, pero Rimbaud es hasta escandaloso. Aunque, ¡tienen tanto respeto por la cultura! Un respeto lleno de temor, humildad: es una gran virtud. Imagínate a los italianos: siempre han sido dueños del saber, incluso los ignorantes. Los italianos nunca temen enfrentarse a la cultura. Un hombre como Umberto Eco, por ejemplo. Conoce todo lo conocible y te lo restriega a la cara con una indiferencia: es como si escucharas un robot. Sin embargo, un americano erudito, así como lo es Umberto Eco, es un hombre humilde que nunca se considera dueño de su sabiduría, casi lo asusta su conocimiento. Eso está bien, me gusta…»

Mientras tanto Avedon saca fotos destinadas, supongo, a las lectoras de «Vogue». ¡Vaya escena¡!, al igual que la del Village.

Al Village irá nada más terminar para comprar unos pantalones y unos chalecos que le parecen elegantes y que nunca llevará puestos en Roma: tal como está obsesionado de que lo reconozcan, lo critiquen, lo miren. En seguida viene atraído por una camisa que es la copia exacta de las que se usan en las cárceles. En el bolsillo izquierdo está escrito: «State Prision, prisioner nº 3678». Se la prueba fascinado, cuando en la esquina de la Décima Avenida divisa una manifestación a favor de la guerra en Vietnam.

Hombres y mujeres pasan tristes con grandes carteles en donde está garabateado: «Qué bombardeéis Hanoi»; alguien lleva un distintivo que cita: «Matadlos a todos, aquellos rojos». Y ya llega un coche, del que bajan dos jovencitos y una chica rubia en calzones. Ella lleva una guitarra y se apoya en el maletero del coche, los dos jóvenes se sitúan en los lados, y empieza a tocar algo triste. Luego, juntos, los tres comienzan una canción de protesta. Seguirán hasta cuando los demás desfilen con sus carteles: sin insultos, un gesto de hostilidad. Pasolini se queda quieto observándolos, con su camisa de reo, sus ojos húmedos, tiernos, cuando susurra:

«Esto es lo más bonito que he visto nunca en mi vida. No lo olvidaré mientras viva. Necesito volver, tengo que estar aquí aunque ya no tenga dieciocho años. ¡Cuánto siento marcharme! Me siento saqueado. Me siento al igual que un niño frente a una gran tarta para comer, con muchas capas, y ese niño, que desconoce cuál le va a gustar más, sólo sabe que la quiere, que tiene que comérsela entera. Una a una. Y en el mismo instante en que está a punto de hincar los dientes en ella, se la llevan».

Es la instantánea de un marxista en Nueva York.

De L'Europeo, 1966.
Versión de F.C.
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