Blake Butler: Sky Saw (13-14)

Blake Butler es un autor estadounidense nacido en Atlanta en 1979. No hay demasiado que decir sobre su vida salvo, tal vez, que comenzó estudiando ciencias informáticas y que lo dejó después por el diseño multimedia. Es editor de literatura y escritor de ficciones. Publicó su primer libro en 2009 y, desde entonces, media docena de títulos han aparecido firmados por su pluma, entre los que destacan las novelas There Is No Year (Harper Perennial, 2011) y Sky Saw (Tyrant Books, 2012), de la cual os frecemos hoy lo que podría considerarse como el segundo capítulo o fragmento, comprendido entre las páginas 13 y 14 de la primera edición. Se trata de un autor que se ha hecho rápidamente popular, tanto entre la crítica como entre los lectores más exigentes, debido a su fuerte voluntad de innovación literaria y a su potencia artística a la hora de imaginar tramas, personajes y metáforas. También dirige la revista-web HTMLGiant, dedicada a la difusión digital de nuevos escritores. Su obra permanecía hasta el momento inédita en lengua española. Esperamos que lo disfrutéis.

J.F.R.

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SKY SAW
13-14

In the pockets between shrieking, Person 1180 read aloud. She read the book she’d found wedged among the folds of the long curtain in the hall just after Person 811 left, a date whose definition she could no longer remember, nor did she know why they’d chose to hang the curtain there ––the only thing it hid was flat white wall, marred with no windows. The book was the same size of the book that you hold now. The front page had an inscription handwritten to Person 1180 by someone with an illegible signature, in bright blue ink that stung her eyes:

READ THE CHILD THIS BOOK OR HE WILL SUFFER

The text on all the other pages had been printed in a code, or in a strange language she did not recognize––babbly syllables and glyph fonts, planar symbols and number reams––and yet when 1180 passed her eyes over the lines and let her voice go, she felt the syntax easing out. Her reading voice was low and burnt and came up from her linings, something old and rhythmic as it passed. Doing the speaking in this manner juggled color in her lungs and made her woozy, a kind of crystal glass around her face. Whole hours or even days might pass before she noticed she’d been suspended in that method for so long, often even in reading a single line. She did not like this feeling but could not seem to stop it. She’d thrown the book into the flood yards behind the house more times than she could count––she’d buried it, burnt it, sold it, ate it, locked it in a metal cube–– and each time the book had appeared again clenched in her arms while she was sleeping. At night the night was loud and seized with lice and there was nothing else to be. Often the lingering feeling of what she’d last read made her want to take actions unimagined, things she knew she did not really want to do and never should, and so for the most part she did not do them, though some nights it was so cold.

After each page, before turning, Person 1180 would lift and hold the book up at the child so he could see it and together they sould stare. The text contained no pictures beyond the way the paragraphs all seemed to congregate and blur among each other, rising colors. The child would coo and gosh and try to touch the paper. When she’d not allow him, he would shriek––a splattering mess of voice so loud it traced her brain. And yet she read, and the more she read the more he wanted, and the silence in her ribs. She could feel the hours passing between them in those moments, slapped like batter, and she could not blink or turn away until allowed.

les_3_meresDavid Nebreda: Las tres madres (1989).

SKY SAW
13-14

Entre los huecos del chillido, la Persona 1180 leía en voz alta. Leía el libro que había encontrado metido entre los pliegues de las largas cortinas del recibidor, justo después de que la Persona 811 se marchara ––un momento cuya definición ella ya no podía recordar, como tampoco sabía por qué habían decidido colgar las cortinas allí, pues la única cosa que ocultaban era la lisura de una pared blanca, imperforada por ventanas u orificios. El libro era del mismo tamaño que el libro que sostienes ahora. La cubierta tenía una inscripción destinada a la Persona 1180, escrita a mano por alguien de firma ilegible en una tinta azul brillante que a ella le quemaba los ojos:

LÉALE ESTE LIBRO O EL NIÑO SUFRIRÁ

El texto del resto de las páginas había sido impreso en un código o lenguaje que ella no reconocía (una fuente glífica de sílabas borbollantes, símbolos aplanados y pilas de números) y, sin embargo, cuando 1180 dejaba caer sus ojos encima de las líneas y correr la voz, notaba cómo la sintaxis iba hilvanándose con suavidad. Su voz de leer era grave y requemada, y ascendía desde sus revestimientos dejando una impresión antigua y rítmica a su paso. Pronunciar de aquella forma alborotaba el color de sus pulmones y la mareaba, como si tuviera una especie de campana de cristal alrededor de la cabeza. Antes de que se diera cuenta de que había sido suspendida mediante dicho método, a menudo en la lectura de una sola línea, podían pasar horas enteras o incluso días y, aunque no le gustaba aquella sensación, no parecía ser capaz de detenerse. Había tirado el libro a los cenagales que había detrás de la casa más veces de las que podía recordar––lo había enterrado, quemado, vendido, se lo había comido y lo había guardado bajo llave en un baúl metálico––, pero el libro siempre había aparecido de nuevo, atenazado entre sus brazos, mientras dormía. Por la noche, la noche era ruidosa y estaba abarrotada de piojos, y aquello era lo más que uno podía hacer. A menudo el remanente sensitivo de lo último que había leído le hacía querer llevar a cabo acciones que jamás otra persona había imaginado, cosas que ella sabía que en realidad ni quería ni debía hacer y que en la mayoría de los casos no hacía, a pesar del intenso frío de algunas noches.

Después de cada página, antes de pasar a la siguiente, la Persona 1180 levantaba el libro sobre el niño para que él pudiese verlo y, juntos, lo contemplaban. El texto no contenía ninguna imagen aparte de aquellas en las que los párrafos, despertando colores, parecían congregarse y esparcirse entre los otros. El niño entonces balbucía y trataba de tocar el papel. Cuando ella no se lo permitía, gritaba ––un salpicar desordenado de la voz, tan fuerte que rayaba su cerebro––, y ella seguía leyendo y, a medida que leía, él pedía más, silencio en sus costillas. Ella, en aquellos momentos, podía notar las horas pasando entre los dos como si fueran bateadas, pero no podía parpadear o moverse hasta que no le fuera permitido.

De Sky Saw (2012).
Versión de J.F.R.
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