Oriana Fallaci: Pasolini en Nueva York (Pasolini a New York), primera parte

La escritora, periodista y activista italiana Oriana Fallaci (1929-2006) colaboró, a partir del año 1951, con el semanario de actualidad L’Europeo, para el que escribió, también, desde la Gran Manzana a propósito de divos y mundanidad. La entrevista que os proponemos, a cuya versión original en italiano podéis acceder pinchando en el siguiente enlace, es resultado del encuentro con el escritor, poeta y director de cine italiano Pier Paolo Pasolini.

UN MARXISTA EN NUEVA YORK (I)

pasolini periódico

Entrevista de Oriana Fallaci
“L’Europeo”, 13 de octubre de 1966

Aquí viene: pequeño, frágil, gastado por sus miles de deseos, por sus miles de desesperaciones y amarguras, con la ropa de un chico universitario. Ya sabes, estos tipos espabilados, deportivos, que juegan al béisbol y hacen el amor en los coches. Jersey avellana con bolsillo de cuero a la altura del corazón, pantalones de pana avellana, algo apretados, y zapatos de gamuza con la goma abajo. No enseña los cuarenta y cuatro años que tiene. Para encontrarlos, esos cuarenta y cuatro años, tiene que dirigirse hacia la ventana donde la luz se enfrenta despiadada sobre su rostro y abofetea esos ojos lúcidos, dolientes, esas mejillas enjutas, agostadas, la piel tiesa hacia los pómulos hasta revelar la calavera. Por el cansancio, supongo. Por la noche huye de las invitaciones y se va solo a las sombrías calles de Harlem, de Greenwich Village, de Brooklyn, o al puerto, a los bares en donde ni siquiera entra la policía, en busca de la indecente, infeliz y violenta América que encaja con sus problemas, sus afinidades, y regresa a su hotel en Manhattan al amanecer: párpados hinchados y el cuerpo dolorido por la sorpresa de descubrirse vivo. Somos muchos los que pensamos que, si no para, lo encontraremos con una bala en el pecho o con el cuello cortado: ¿está loco dando vueltas así por Nueva York? Lleva diez días en Nueva York. Ha venido por el festival de cine, estrenaban dos de sus películas. Estoy impaciente por saber si América le gusta a este marxista convencido, a este cristiano enfadado, es decir, a Pasolini.

Diez días son muy pocos para dar un juicio, está claro, pero Orson Welles una vez me dijo que para entender un País hacen falta diez días o diez años: el undécimo día te acostumbras y ya no ves nada. El undécimo día, mañana, se marcha. Por eso le he rogado que viniese a tomar algo. «¿Whisky?» le pregunto. «¿Cerveza?, ¿coñac?». «Coca-cola» responde. La ventana se abre a una carretera de rascacielos, uno al lado del otro, del East River al Hudson. Al mirarlos te da vueltas la cabeza, te sientes atrapado como una bestia que tiene sed de verde. O de silencio. Entra por el cristal entornado el infierno: el gruñir de motores, el resonar de los claxons, el martillear de las perforadoras, bocinas. La ciudad ha encendido la calefacción y el polvo negro se te pega a las pestañas volviéndote ciego. Llueve, es uno de esos días en que todo te fastidia, te quita entusiasmo. Sin embargo él bebe su coca-cola y de repente exclama:

          «Quisiera tener dieciocho años para vivir toda una vida aquí. »

«¿Aquí? ¿En Nueva York?»

        «Es una ciudad mágica, fascinadora, preciosa. Una de esas ciudades afortunadas que tienen la gracia. Al igual que algunos poetas que cada vez que escriben un verso crean un buen poema. Me da mucha pena no haber venido aquí mucho antes, hace veinte o treinta años, para quedarme. Nunca me había ocurrido conociendo un país. A excepción de África, quizás. Pero a África quisiera ir y quedarme para no matarme. África es como una droga que tomas para no matarte, una evasión. Nueva York no es una evasión: es un compromiso, una guerra. Te insufla las ganas de hacer, de enfrentarte, de cambiar; te gusta como las cosas que te gustan, digamos, a los veinte años. Lo entendí en cuanto llegué. Llegué de Montreal en tren. Bajé a una enorme estación ahogada en la oscuridad, una subterránea. No había mozos y mi maleta pesaba. Sin embargo iba como si fuese ligero. Me movía hacia una luz deslumbrante, pues al final del túnel había una luz deslumbrante, y cuando fui afuera, a la ciudad, me asaltó como una aparición. Jerusalén que aparece ante los ojos del cruzado. No me sentía extranjero, en seguida aprendí a moverme por las calles como si hubiera nacido allí: sin embargo no la reconocía. Porque nadie nunca ha representado Nueva York. No la ha representado la literatura: a parte de las viñetas de Arcibaldo y Petronilla, de Nueva York existen sólo los poemas de Ginsberg. No la ha representado la pintura: no existen cuadros de Nueva York. No la ha representado el cine porque… no sé. Tal vez no se pueda cinematografiar. Desde lejos es como las Dolomitas, demasiado fotogénica, demasiado maravillosa y molesta. Desde cerca, desde dentro, no se ve: el objetivo no logra capturar el comienzo y el fin de un rascacielos. Pero no es simplemente su belleza física lo que cuenta. Es su juventud. Es una ciudad de jóvenes, la ciudad menos crepuscular que nunca haya visto. Y qué elegantes son los jóvenes aquí.»

    «¡¿Elegantes?!»

         «Tienen un estilo excelente: mira cómo van vestidos. De la manera más sincera, más inconformista posible. Les dan igual las normas pequeño-burguesas o populares. Aquellos chalecos llamativos, aquellos chaquetones a bajo precio, aquellos increíbles colores. No creas que se visten, se disfrazan: al igual que de pequeña te ponías la bata de la abuela. Y así disfrazados van orgullosos, conscientes de su elegancia que nunca es una elegancia mítica o ingenua. Te entran ganas de imitarlos y a lo mejor los imitas porque ¿dónde te puedes vestir así? ¿En Roma? ¿Milán? ¿París? A mí allí siempre me da miedo que la gente se dé la vuelta para mirarte. Aquí no tengo ningún problema, puedo ir vestido como quiera, sin que nadie se dé la vuelta y me mire. Aquí nadie te molesta con su curiosidad. Ayer en la 45st vi a un hombre que se estaba muriendo. En la mano tenía un paquete: lo observó y luego lo arrojó con tanta fuerza que se rompió. Quién sabe lo que había dentro. Después se apoyó contra la pared, puso la cabeza en su antebrazo, se deslizó despacio hacia el suelo y se quedó allí llorando. Mejor dicho, muriendo. Sin que nadie se parase a mirarlo, ni siquiera para ofrecerle un vaso de agua, una ayuda. La noche anterior, poco lejos del Metropolitan, vi un viejo tumbado en la acera tapado por una manta. A su lado había un joven guapo, elegante como dices tú: zapatos de cuero impecable, calcetines ligeros, pantalones bien cortados, un pulóver estupendo. El viejo apretaba en el pecho la mano del joven y su rostro era blanco, ya alisado por la muerte. La gente pasaba y no se paraba, unos se reían. Pero, ¿eso es malo? ¿O no está mal pararse a curiosear? No es cierto que su silencio sea falta de piedad, tal vez sea una forma superior de piedad. La piedad de no acercarse, no curiosear…»

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Desde luego América es una femme fatale, seduce a cualquiera. Aún no he conocido a ningún comunista que, habiendo desembarcado aquí, no haya perdido la cabeza. Llegan llenos de hostilidades, prejuicios, a lo mejor desprecio, y en seguida caen rendidos por la Revelación, la Gracia. Todo les va bien, les gusta: se marchan enamorados, con las lágrimas en los ojos.
¿No es así, Pasolini? Sacude los hombros, desdeñoso.

    «Yo soy un marxista independiente, nunca solicité la inscripción al partido, y de América estoy enamorado desde chico. El porqué no lo sé bien. La literatura americana, por ejemplo, nunca me ha gustado. No me gusta Hemingway, tampoco Steinbeck, poquísimo Faulkner; de Melville paso a Allen Ginsberg. Nunca pudo conciliarse el establishment americano con mi creencia marxista. ¿Entonces? El cine, quizás. Toda mi juventud estuvo fascinada por las pelis americanas, es decir por una América violenta, brutal. Pero no es esta América la que he encontrado: es una América joven, desesperada, idealista. Hay en ellos un gran pragmatismo y al mismo tiempo un gran idealismo. Nunca son cínicos, escépticos, así como lo somos nosotros. Nunca son qualunquisti [1], realistas: viven siempre en los sueños y necesitan idealizar cada cosa. También los ricos, incluso ellos que tienen en mano el poder. El verdadero momento revolucionario en la tierra no está en China, ni en Rusia: está en América. ¿Me explico? Te vas a Moscú, a Praga, a Budapest, y notas que la revolución ha fracasado: el socialismo ha aupado al poder una clase de dirigentes y el obrero no es dueño de su destino. Te vas a Francia, a Italia, y te enteras de que el comunista europeo es un hombre vacío. Llegas a América y descubres la izquierda más bella que un marxista, hoy en día, puede descubrir. He conocido a los jóvenes del SNCC (Student Non-violent Coordinating Committee), ya sabes, los estudiantes que se van al sur a organizar a los negros. Recuerdan a los primeros cristianos, persiste en ellos la misma absolutidad por la que Cristo decía al joven rico: “para venir conmigo lo tienes que dejar todo, quien ama al padre y a la madre me odia a mí”. No son ni comunistas ni anticomunistas, son místicos de la democracia así hasta las extremas y más perturbadas consecuencias. Se me ha ocurrido una idea conociéndolos: ambientar en América mi película sobre San Pablo. Quiero mudar la acción entera de Roma a Nueva York, situándola en nuestro tiempo pero sin cambiar nada. ¿Me explico? Siendo muy fiel a sus cartas. Nueva York tiene muchas analogías con la Roma antigua de la que habla San Pablo. La corrupción, las clientelas, el problema de los negros, los drogadictos. Y a todo esto San Pablo le daba una respuesta santa, es decir, escandalosa, como los SNCC.»

[1] Seguidores del movimiento italiano Qualunquista, caracterizado por un comportamiento, moral y político, polémico hacia los partidos políticos tradicionales y a favor de una gestión no ideológica del poder.

De L'Europeo, 1966.
Versión de F.C.
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